Dicen que hablar de lo que está retenido en tu interior ayuda a superar traumas o situaciones que son difíciles de superar, ¿verdad? Pero también es cierto que se dicen muchas chorradas para engañar a la peña, así que bueno, vamos a darle el beneficio de la duda y probemos.
Todo comenzó con mi falta de “educación”, según le gustaba decir a mi señora madre. Mi padre en cambio afirmaba que me había convertido en Bloody Mary. En esta ocasión el voto a la originalidad se lo doy a él.
Siempre fui una niña “pija” la mar de extraña: Me gustaba saltar sobre los charcos los días de lluvia, rescatar animales feos que nadie quería y abandonaban en la calle, colgarme de las enormes lámparas que adornaban nuestra mansión… Sí, alguna vez estuve al borde de partirme la cabeza por si os lo estabais preguntando.
Ah, pero la chicha de mi desahogo no está en estos recuerdos exactamente, sino más adelante, cuando el colegio quedó atrás y comenzó el verdadero reto: La adolescencia, las hormonas revolucionadas, los profesores cabrones, el olor a sudor en las aulas, pelarse las clases… ¡EL PUTO INSTI!
Ir vestida como una muñequita nunca fue lo mío, ¿pero sabéis lo incómodo que era ir así a clase? A ver quién coño le decía a mis padres que quería ir con vaqueros rotos y camisetas frikis.
Yo quería ser como los putos malotes del recreo. Los que eran varios cursos más mayores que yo y se reunían siempre en la misma esquina para escuchar metal. Los que se reían sin parar entre bromas y abrazos. Los que fumaban a escondidas.
No me preguntéis por que, pero me flipaba el rollito que tenían. Aunque daban miedo a simple vista, parecían como una familia. Y yo, aunque no era huérfana, así me sentía.
Uno de esos días, durante el recreo, saqué mi cuaderno de dibujo y comencé a dibujarlos. Ya que no tenía el valor de acercarme -que peque era entonces, jeje -al menos quería inmortalizarlos por siempre para mí.
-¡Eh! ¡Niña de mamá! ¿Qué estás haciendo?
O esa era la intención, porque un grupo de gilipollas apareció para quitarme de las manos el dibujo.
-Devuélvemelo. -Le ordené, levantándome de las escaleras donde me encontraba sentada.